Para el funeral de mi padre


Nota: Estas palabras fueran escritas por mí, pero leídas por mi sobrino para el funeral de mi padre.


Es común nuestro decir que “No hay bebé feo ni muerto malo” dando a si a entender que por hipocresía las personas callan la falta de belleza de los recién nacidos o las malas obras de los difuntos.

Y sin embargo me sorprendería encontrar alguna persona que pudiera decir algo malo acerca de mi padre, mucho menos algo escandaloso.

Debido a nuestra cultura muchas personas tienen historias dolorosas de maltrato, abuso o alcoholismo que contar sobre sus padres, tíos o abuelos. Como hijos de Jorge Enrique no es el caso de mi hermana y el mío, de nuestros primos o de mis sobrinos.

Mi padre no contaba con enemigos. Y si algunas personas llegaron a agredirlo no fue por una mezquindad o violencia inexistentes en mi padre sino por su característica nobleza y bondad.

Su privilegiada mente le permitió brillar en el campo profesional aun sin estudios universitarios y su pasión por la lectura le permitió amasar un vasto conocimiento que siempre uso para ayudar a otros.

El comportamiento, siempre ejemplar, de mi padre estaba basado en su profunda fe en nuestro salvador el Señor Jesucristo y en su entendimiento de la Palabra de Dios.

Y sin embargo no es por la bondad de mi padre que creo que lo volveré a ver en la vida eterna sino precisamente por la fe que el mismo Dios le dio. La fe por la cual mi padre será declarado justo delante del trono de Dios.

Las palabras de Jesús en el evangelio de Juan, capítulo 11, versículo 25 nos recuerdan:

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”

Y así como mi padre escucho las palabras de Jesús los invito hoy a ustedes a que también las escuchen.

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos

Evangelio según San Juan, capítulo 10, versículos 27 al 30

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