De votos y devotos


Por nuestro columnista invitado: B. Pinto B.

Muchos años después del pecado, que llamaban virtud en las iglesias, y lo bendecían.
Odiseas Elytis – Dignum est.

En el año 1990 las profecías fallaron. Los profetas de la Misión Carismática Internacional (MCI), hoy Gobierno de los 12 (G12), habían advertido que Claudia Rodríguez de Castellanos, fundadora del Partido Nacional Cristiano (PNC), ganaría la presidencia de la República. Sin embargo ya se podían contar victorias importantes: el PNC había logrado, junto con representantes cristianos de otras coaliciones, una curul en el Senado tras la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, con el principal propósito de alcanzar los mismos privilegios de la Iglesia Católica en el marco de la libertad religiosa: exenciones tributarias y personería jurídica para las congregaciones evangélicas.

Los vaticinios volvieron a fallar en el año 1994, cuando la pastora-senadora, ahora convertida al partido liberal, perdía su curul. Perdía las elecciones, pero ganaba amigos. El entonces candidato a la presidencia, Ernesto Samper Pizano, se presentó en la tarima del Coliseo El Campín durante una reunión de la MCI. El motivo de su visita, por supuesto, era convencer a la membresía de las bondades de su propuesta política y su fidelidad a los principios rectores de la iglesia.

El candidato contó la historia del atentado que sufrió en 1989 en el aeropuerto el Dorado, sus días de convalecencia en la Caja de Previsión y sus visiones espirituales, en las que el Señor Jesús lo visitaba, lo fortalecía y le aseguraba una segunda oportunidad para volver a la vida y a la política colombiana. Contaba también como el pastor César Castellanos lo acompañó en la clínica y lo fortaleció con sus oraciones. Tras su testimonio hubo lágrimas en las graderías. El pastor Castellanos dirigió la oración y todas las manos proclamaron al que “Dios había escogido” como el futuro presidente de la nación.

A otra de las reuniones de jóvenes, algún sábado de 1994, llegó Humberto de la Calle Lombana, hoy jefe de negociadores del gobierno en el proceso de paz en la Habana y entonces aspirante a la vicepresidencia por el partido liberal. Ensalzó a los jóvenes carismáticos por su fe, por su entusiasmo, por su compromiso…con la causa samperista. El compromiso era claro:

Así mismo varios testimonios nos indican que la época de elecciones presidenciales de 1994, la decisión de a quién apoyar no provino de un proceso analítico y democrático sino de una negociación entre el candidato Ernesto Samper (actual Presidente) y los evangélicos; estos ponían votos y él se comprometía a presentar un proyecto de ley por el que se le da igual tratamiento tributario a todas las iglesias. Y así fue, la dirección del Movimiento mandó durante este período cartas a los pastores de las diversas congregaciones diciendo que por favor “recomendaran” a Samper a sus fieles.

Helmsdorff Daniela. Participación política evangélica en Colombia (1990-1994). Historia Crítica, 1996, pp. 77-86.

Meses después estalló el escándalo del proceso 8000: según las denuncias, a la campaña de Ernesto Samper ingresaron “dineros calientes” provenientes de generosas contribuciones del cartel de Cali. A las arcas de la Alianza por Colombia, de la cual hacía parte Claudia Rodríguez, aterrizaron 15 millones de pesos de la campaña samperista. Por supuesto, la pastora Rodríguez negó cualquier conocimiento sobre la procedencia non sancta de tales dineros.

Cuatro años después, el turno fue para Horacio Serpa: él era el ungido de turno. Al mismo coliseo llegó la hija del candidato para granjearse los votos de los miles de jóvenes que llenaban el auditorio. El argumento para votar por Serpa: Pastrana era conservador y católico; quería revivir el concordato con la Santa Sede y consagrar el país al Sagrado Corazón. Eso, la iglesia cristiana no lo podía permitir. Hubo profecías sobre la victoria de Serpa. Con su éxito en la primera vuelta, los profetas confirmaron su vaticinio; con la derrota en la segunda, cambiaron de tema.

Luego vino la alcaldía de Bogotá: el apoyo a Enrique Peñalosa en su contienda contra Antanas Mockus. El argumento (por lo menos el chascarrillo de César Castellanos en el Coliseo el Campín): Mockus se había bajado los pantalones en la Universidad Nacional ante un auditorio de estudiantes saboteadores. Y esa indecencia, la iglesia no la podía consentir. Sin embargo, ese día la congregación no admitió que hablara Peñalosa. La iglesia estaba en el cierre de un congreso de alabanza y no quería proselitismo político.

Pero el silencio político duró poco. La pastora-senadora, en su aspiración a la alcaldía de Bogotá, se valió de un ejército fiel de jóvenes que recogían firmas y hacían proselitismo por la ciudad; movió sus fichas, logró el apoyo de los trasportadores de buseta, quienes armaron una operación tortuga en las calles bogotanas para demostrar, entre pitos y cornetas, su apoyo a la candidatura carismática.

El trancón de busetas fue reportado en los noticieros, y así, entre cornetas y propaganda, logró sacar casi 200.000 votos en su aspiración, lo que le permitió convertirse en una figura visible, con un caudal electoral que hizo suspirar a María Emma Mejía y a William Vinasco por una eventual alianza. No ganó (otra vez las profecías fallaron), pero el respaldo divino era evidente.

Terminó la administración Pastrana y volvió al ruedo Horacio Serpa. Pero los vientos habían cambiado. Los de entonces ya no eran los mismos. Castellanos y Rodríguez tuvieron otra visión. Y esta vez sí acertaron. Álvaro Uribe se convirtió en presidente de la República. Su ascenso electoral encarnó una nueva forma de caudillismo que puso en jaque (hasta nuestros días) el bipartidismo tradicional, y del que se beneficiaron todos aquellos que entendieron la reconfiguración del mapa político del país. Ni godos ni liberales. O quizá un poco de cada cosa, pero por encima de todas las cosas, uribistas.

Los Castellanos Rodríguez, quienes pueden no tener ojo profético, pero sí tienen olfato político, decidieron subirse al nuevo bus del uribismo. Allí estaban, ungiendo al señor del Ubérrimo, como Sedequías con sus cuernos de hierro profetizando victoria al rey Acab. No importaban los antecedentes de Álvaro Uribe, sus nexos oscuros con la parapolítica y el narcotráfico, sus prácticas ilegítimas, su desprecio por las instituciones, sus ministros, consejeros y asesores implicados en escándalos, chuzadas, subsidios irregulares, desmovilizaciones fraudulentas (como la del bloque Cacique Gaitana), falsos positivos, concierto para delinquir, sus tretas de bajo mundo para lograr la primera y la casi segunda reelección, la participación política mientras fungía como jefe de estado, su persecución a cualquier forma de contradicción y disidencia (incluidas las altas cortes). No. Nada de ello importaba. Dios lo había señalado, según los pastores del G12, como el faro y vigía de los destinos del país.

En el bus del uribismo, primero militaron en Cambio Radical. Luego, Claudia Rodríguez desertó de las huestes de Germán Vargas Lleras y migró para el partido de la U, bajo la dirección de Juan Manuel Santos. Muy juiciosa, apoyó con su esposo, como no, la candidatura de este a la presidencia de la República, como garantía de la continuidad del legado de Álvaro Uribe y sus huevos magníficos.

Ahora, cuatro años después de que Santos subiera al poder, “investido por la unción” de los Castellanos Rodríguez (y de otros pastores evangélicos del país, y de los obispos católicos y de los barones electorales del uribismo y de todo cuanto fuera necesario hacerse ungir), los vientos vuelven a cambiar. Ahora, Santos no es un pendenciero jefe de estado al estilo Uribe, el varón que “frentea” a los presidentes vecinos. No chuza las altas cortes. No persigue sindicalistas ni los tacha de terroristas. Propone, en medio de la guerra, la terminación del conflicto en una mesa de negociación. Ley de víctimas y restitución de tierras. Ya no es el Santos que muchos querían. Ahora Santos, el oligarca bogotano, se convirtió al Castrochavismo.

Claro, Juan Manuel Santos sigue representando lo que ha sido la clase política de nuestra mediocracia colombiana. Mermelada y tamal. Pero no es el Santos de Uribe. No fue el Santos que ungieron en el Centro de Convenciones G12. ¡Ah! (permítanme una leve digresión), el Centro de Convenciones G12, el auditorio más tremendo de Bogotá. Donde recogen ofrendas y diezmos con datáfono. El “templo” que construyeron con los pactos y ofrendas de familias pobres y de clase media. Con préstamos de fe en las sucursales bancarias. Con diezmos recogidos en cada célula familiar. El templo anhelado por años para adorar al Señor sin pagar arriendo en el Campín, y que ahora, convertido en el auditorio G12, se alquila para conciertos de música “profana”, para eventos empresariales, para charlas motivacionales. La multiforme gracia de Dios convertida en un lujoso Centro de Convenciones multipropósito. Hubo un tiempo en que en la MCI era pecado escuchar “música del mundo”. Los demonios habitaban en la oscuridad de las salas de cine. Era pecado tomar cola y pola. Los tiempos cambian; cómo es la vida. La música sigue siendo profana; pero las riquezas de los impíos, son para los justos. Por lo menos eso repiten algunos predicadores.

El Santos que ungieron en el Centro de Convenciones G12 es otro. Irreconocible. Inaceptable. Amigo de Petro y los sindicatos. Amigo de las FARC. Amigo de los gays, las lesbianas y las feministas pro-aborto. Corrupto. No como Uribe, el nuevo Ciro, el nuevo Darío el persa, víctima de las difamaciones de la extrema izquierda. Ahora, son Zuluaguistas, del Centro Democrático. Muchos, no tienen muy claro qué significa Centro. Lo que sí tienen claro, porque lo dicen los pastores, es que la izquierda es del diablo, igual que el liberalismo en el que militaron hace años. Esos son los comunistas ateos, los malos, como afirma la señora Cabal de Lafaurie.

Tampoco tienen muy claro qué significa democrático. Mucho menos qué significa justicia transicional. Ni idea. Para opinar se necesita leer. No solo obedecer. Algunos boicotean el concierto de Calle 13 en Bogotá, pero aplauden las interceptaciones ilegales del Centro Democrático. Censuran el video de Shakira, pero no se sonrojan cuando un concejal cristiano presenta una ponencia al Concejo de Bogotá, plagiada de un documento de la Universidad de Barcelona, al tiempo que se hace elegir como candidato por el PIN, partido político orquestado desde la Picota. Cuelan el mosquito y se tragan el camello. Persisten en el peligroso discurso de “nosotros los buenos y los otros los malos”. Los buenos de derecha, porque la derecha es de Dios y la siniestra del diablo. Simple. ¿O no?

No tan simple. Conocemos la pobreza de la cultura política del país y ni qué hablar de la cultura política de muchas iglesias cristianas. Y no es únicamente un problema local. Buena parte de la iglesia protestante en Alemania apoyó el Nacionalsocialismo de Adolf Hitler. Fueron pocos los valientes como Dietrich Bonhoeffer, quienes prefirieron una iglesia subterránea y digna, a una iglesia arrodillada ante la tiranía. Un sector de la iglesia evangélica apoyó en Chile la dictadura de Augusto Pinochet. La derecha republicana ungió a George Bush en un claro ejemplo de miopía política.

Uno de los fundamentos de las democracias modernas es la separación entre iglesia y Estado. No todas las denominaciones cristianas, hay que decirlo, persisten en la utilización del capital simbólico de la fe como combustible de las estrategias electoreras. Pero sí es una práctica recurrente, particularmente en ciertas denominaciones neopentecostales, cuya teología es tan profunda como su madurez democrática. Baste recordar que César Castellanos no tuvo reparo en ungir como pastor de su congregación al esmeraldero Chucho Sarria, condenado en 2010 por tentativa de homicidio.

Recordemos también las alabanzas de la iglesia Avivamiento a Samuel Moreno y Juan Manuel Santos, el apoyo de María Luisa Piraquive a Oscar Iván Zuluaga, de Jimmy Chamorro al partido de la U. La fe es un asunto privado que, aunque tiene, por supuesto, repercusiones públicas, no puede convertirse en un vehículo de imposición de creencias personales o de manipulación de intereses particulares. Es inmoral que desde un púlpito se presione el voto de los creyentes de cualquier confesión, como lo ha hecho en varias ocasiones el señor César Castellanos. Una cosa es la opinión política. Otra cosa, la imposición simbólica.

La inconsistencia política de los Castellanos Rodríguez (PNC, liberalismo, Cambio Radical, Partido de la U, Centro Democrático) no es llanamente un ejemplo de inmadurez política. Más allá, es una muestra fehaciente de cálculo electoral, de estrategia coyuntural, de oportunismo político. No es gratuito que hoy los Castellanos Rodríguez sean una de las parejas más poderosas del país. Su estrategia política les ha permitido amplificar de forma increíble su poderío económico, político y social, consolidar su modelo multinivel de evangelismo y posicionar su marca G12 en todos los frentes: desde el café G12, pasando por agencias de viajes, medios de comunicación y sellos discográficos.

Algunos ministros de la teología de la prosperidad, la super fe y ciertos movimientos carismáticos (muchos de ellos también comprometidos en escándalos, como Benny Hinn, David Yonggi Cho y Todd Bentley, por nombrar solo tres -La lista es demasiado larga-) celebran, con seguridad, el éxito del G12, una de las varias megaiglesias neopentecostales colombianas, que ha logrado, de la mano con los réditos de las alianzas políticas y una eficaz estrategia de mercadotecnia, capitalizar las necesidades espirituales de miles de personas que encuentran en la iglesia, la comunidad y el sentido que una sociedad cada vez más individualista no les puede brindar, hasta convertirse en lo que los sociólogos denominan una institución voraz, que invade aun la esfera privada de sus miembros.

Sin embargo, los evangelios demuestran una consistencia ética que no da lugar al cálculo estratégico de los poderes mundanos. “Mi reino no es de este mundo”, le respondió Jesús a Poncio Pilatos. Vaya uno a saber qué significa este pasaje en la hermenéutica del G12.

Algunas iglesias han olvidado la mansedumbre de las palomas y solo recuerdan la astucia de las serpientes (Mateo 10:16). Y con sus acomodos de interés utilizan la violencia simbólica de su discurso (maldiciones, bendiciones, pactos, siembras) para presionar la intención de voto de sus seguidores. Como afirma un artículo del Espectador: los votos cristianos son votos “endosables”, disciplinados, amarrados. Qué tristeza. Votos endosables. Que se pueden trasladar, ceder a favor de otro. Votos gregarios, obedientes, sumisos. Sin posibilidad de reflexión, de réplica, de disenso, de opinión. Manadas obedientes y no comunidades de personas, de sujetos. Ayer, endosados al liberalismo. Hoy, endosados a la ultraderecha. Mañana, ¿quién sabe? Cada día trae su propio afán. Y algunos líderes cristianos, en su afán, pretenden añadir, cada día, un codo a su propia estatura.

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